HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Octava entrega de una nueva saga de ciencia-ficción argentina

Gardelia

por Daniel Tocchini

ilustrado por Javier Dubra

La Tormenta

El viejo desenterró de las profundidades del pecho, su voz:

-Querida Gardelia, lamento que te hayas involucrado en todo esto…Algo te habrá contado Carlitos.

- Si-

- Te agradezco que  lo hayas salvado, pero éste asunto no termina acá…

Don Vicente se tomó su tiempo y armó un cigarro de soja.

- Carlitos, estás bien?

- Si, señor.- contestó como si lo conociera de antes, lo que incomodó a Gardelia porque parecía que todos menos ella, sabían algo.

-  Es una chica increíble- continuó el muchacho  mientras los ojitos le brillaban y el pecho se le henchía de entusiasmo - es una chica increíble...-  y sin solución de continuidad, disparó:

“El día que me quieeeeraaaas...”

Apenas un breve gesto de Vicente sirvió para acallarlo.

- Querés uno?- el anciano le ofreció a Gardelia la bolsita con el  poroto texturizado para que armara su propio cigarrillo.

- No, gracias.

Ella había dejado hacía tiempo. Tanta proteína la engordaba.

A pesar de la parsimonia del viejo, sus ojos parecían irradiar en la penumbra una extraña cognición.

No era el Don Vicente habitual, encorvado, por momentos malhumorado, de pocas pulgas. Aún sentado en la mecedora curvilínea lucía erguido y con tal presencia, que todos los objetos del local parecían expectantes a  una señal suya.

El humo blanco era lo único que se revelaba a tanta quietud. El hilo ascendía  rodeando las cosas y a los personajes para difuminarse en una niebla a la altura de las arañas de bronce.

Ella fascinada por la atmósfera, se sobresaltó cuando creyó ver sobre la cabeza de su patrón un aura azul.

- Ay, la p´ que lo parió.-

- Qué te pasa Gardelia- preguntó el anciano.

- No, nada.- se restregó los ojos- Estoy un poco cansada.

- Entiendo…- le palmeó la cabeza y hermético, suspiró- …El destino lo ha querido así…-.

Al instante siguiente como si el anciano de siempre hubiera retornado, la miró con ternura y le preguntó:

- Serías capaz de confiar en algo que voy a pedirte?-

Ella asintió sin reflexionar pero  desde su interior, como el eco en una montaña, afloró la certeza de un peligro.

- Necesito que te cases con Carlitos.

- Quéeee…?- no pudo evitar el grito de espanto.

- Es la única forma para que puedan escaparse del país y regresar a Oriente.

Gardelia apenas podía creer lo que escuchaba.

- Tu instinto a salvado a Carlitos no por casualidad. Tienen que llevarse con ustedes a alguien que corre un riesgo mayor aún.

Afuera del edificio una tormenta descomunal se desplomaba sobre Buenos Aires. Truenos, igual que un repique de timbales, inundaban el espacio ahogando todo intento por seguir con la conversación.

Don Vicente tomó a  Gardelia de los hombros  para acercarla. Ella sentía que el hombre la sujetaba con cuidado, pero firmemente, para  revelarle más detalles que no quería escuchar.

Un estruendo  hizo temblar el piso y entrechocar caireles y cristales.

El anciano soltó por un momento a la muchacha para abarajar un jarrón costoso de un pedestal tambaleante. Gardelia, aprovechó la circunstancia.

El Sapo, atento a la maniobra, alcanzó a sujetarla de un brazo pero el grito de Vicente sonó como un trueno más:

- Soltala!-

La joven zigzagueó entre los muebles ante la vista serena del anciano.

-No te preocupes, no puede ir lejos … Va  a tener que regresar con nosotros .

Por las rajaduras del edificio, producto del deterioro, incontables  rayos se escurrían electrificando el hormigón.

Como culebras de muerte y luz, las descargas surcaban  kilómetros de  hierros  en el  corazón de la “catedral” hasta alcanzar a sus víctimas.

Gardelia conocía éstas tormentas cada vez más asiduas  y en un solo lugar podía permanecer a salvo de la inclemencia del tiempo y ahora también, de los hombres:

El techo del edificio.

La repentina noche y  un corte general de energía, le facilitaron  el escape.

Hizo equilibrio entre las molduras de las cornisas hasta los arcos de cemento. Desde allí  se encaminó hasta el cielorraso donde entraba por una rotura, una catarata de lluvia.

Antes de cruzar el fuerte chorro, un fulgor terrorífico con el  consecuente estampido la hicieron dudar, pero recordó que en el exterior estaría más segura.

Corrió descalza sobre los baldosones de  vidrio mientras soportaba en su espalda los cortinados de agua.

Se detuvo justo en el centro del edificio y permaneció  en cuclillas, abrazando sus piernas, con su traje de neoprene como  única protección contra la furia de los rayos.

Imaginó que el techo curvo  era el lomo gigante  de un animal agazapado  que la  protegería de tantas amenazas.

En el rostro vuelto hacia el cielo  no distinguía entre  sus  lágrimas y las gotas que repiqueteaban en su cara.

Desafiaba con su angustia a la tormenta  para que respondiera o la matara.

 ¿Por qué estaba tan sola? ¿Por qué era tan extraño el mundo y  los que la rodeaban? ¿Por qué ese impulso repentino de  proteger a un extraño? ¿Quién era Don Vicente y por qué le pedía que  salvara a alguien más que no conocía?.

La impotencia fue tornándose en ira y comenzó a  dar saltos con el afán  de alcanzar inútilmente  el núcleo de la tormenta.

Un fogonazo fue lo último que percibió. A partir de ese momento las oscuridad se apoderó de todo su ser.

 

(Continuará)

     
       
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