Cuando la tuvo frente a sus ojos, y éstos no pudieron creer lo que estaban
viendo, se preguntó qué era lo que había pasado con La
Chica Mermelada.
Y como despertando de un sueño, supo que la ilusión, la fantasía,
y hasta la locura, habían estado presentes en su largo viaje, quizás
toda su vida, para encontrarse con que el universo personal no se construye
sobre castillos de naipes.
Cuando tuvo a La Chica Mermelada frente a sus ojos, tan sólo tragó
saliva, y como si ella supiera con que ansias aguardaba, esperó por una
respuesta o alguna palabra que lo devolviera nuevamente a la calle y en paz.
No deseaba escapar de aquella casa y continuar su marcha golpeado: tenía
que haber alguna maldita moraleja al final de aquella maldita odisea de amor,
demencia y obsesión.
Cinco meses atrás, exactamente 152 días antes del encuentro con
la mujer más deseada de su vida, Chester se la cruzó por primera
vez en su vida, de la misma forma que otros tantos habitantes de Tammerlane.
Volvía en colectivo del rutinario trabajo en las oficinas de la Empresa
Techos Tamm, cuando desde la ventanilla divisó a la persona más
bella de la historia de la humanidad: unos inmensos afiches en las paradas de
colectivos adornaban las frías calles del Pueblo con la fotografía
de una joven sosteniendo una tostada con mermelada, mirando tan fría
como seductoramente a cámara.
Ella demasiado delgada, de cabellos lacios, oscuros, largos y fuertemente atados.
Tenía una boca ancha, carnosa, una boca a la cual sería imposible
negarle un beso. Sus pómulos y ojos felinos terminaban de lograr en su
rostro un todo perfecto. Vestía un vestido de seda rosa, con escote,
y su cuello estaba adornado con un pañuelo de la misma tela y color.
En el instante que el empleado (casado de hacía seis años, dos
hijos) la divisó, supo que era su Chica Mermelada. Y en efecto: la sugestiva
mujer era el rostro de una publicidad de mermeladas dietéticas de una
reconocida línea de alimentos dietéticos.
No pudo controlarse, y sus ojos se clavaron en ella, como tratando de seguirla
mientras las ruedas del transporte los separaba.
Quizás porque su matrimonio ya no funcionaba, quizás porque el
trabajo se había hecho demasiado cansador, quizás porque en su
vida faltaba alguien como ella, o quizás porque todo parecía no
tener sentido, la poca alma que quedaba en aquel desdichado hombre bajo el disfraz
de un tipo normal se depositó con en la imagen, y sintió amor.
En un principio, ese amor no fue otra cosa que una fantasía, y en los
primeros días de cruzársela por todo Tammerlane, La Chica Mermelada
tan sólo era un sueño lejano.
- Viste el afiche de La Chica Mermelada? – le preguntó Chester
a Yaft, su compañero de oficina, días después.
Ambos estaban aturdidos entre cientos de papeles, con una entrega de números
que debía ser inmediata.
- Cuál chica mermelada? – dijo su colega, algo indiferente.
- “La” Chica Mermelada. No la viste? En los afiches de la mermelada
Tammerlane Pomelo… Creo que me enamoré…
Yaft se detuvo, se aturdió, miró a Chester, sacó un cigarrillo
suelto del bolsillo de su camisa y dijo con tono serio:
- Este cigarrillo estaba reservado para un momento mejor. Estoy tratando de
dejar de fumar, y me ponés nervioso con esta historia... – (convengamos
que Yaft era un maníaco depresivo histérico)
- Pero no es para que te pongas mal… Es algo que se me cruzó por
la cabeza.
- Chester: acabás de decir que te enamoraste de una foto, cuando estás
casado y tenés dos hijos que están en la primaria. Podrías
poner los pies sobre la tierra, acaso?
- Pero, si no dije nada raro. No puedo tener una fantasía? No puedo enamorarme
de una imagen?
- Qué ves en ella? – indagó, de brazos y piernas cruzadas,
sosteniendo el cigarrillo y el encendedor.
Chester dejó sus papeles, miró a un lado y a otro, se acomodó
en su silla, y se preparó para decir la verdad a través de una
dulce sonrisa.
- Es mi alma gemela.
Yaft encendió el cigarrillo y fumó con fuerza. La brasa creció
considerablemente.
- Me parece dulce, tranquila, serena… La Chica Mermelada no se queja que
no alcanza la plata para fin de mes, no grita, no lava, no plancha, no le crece
el culo día a día...
- Te masturbás pensando en ella?
- No. No podría. Qué hombre se masturba con la mujer que ama?
– dijo inocentemente, tímido.
Yaft vio todo en aquellas pocas palabras, toda la angustia, la desesperación,
y el manotazo demente a la nada. Y cuando por fin se acabó el cigarrillo,
lo apagó aplastándolo en el piso, para volver a su labor.
Chester se quedó estático: su colega de siempre, dándole
la espalda, sólo porque sueñe, sólo porque desee, solo
por un anhelo mágico.
Entonces volvió a su tarea, pensando. Y descubrió que gracias
a ese pequeño diálogo, La Chica Mermelada estaba mucho más
dentro suyo de lo que se imaginaba, y sin querer, en los pocos días de
cruzársela, había activado ciertos sentimientos ocultos con respecto
a su ordinaria vida: estaba cansado de un matrimonio sin acción, y una
familia que tan sólo consumía como animales. Si bien él
era parte de esa rutina, un culpable más de que en su casa no exista
magia, Chester y prefirió el camino el escape.
Una noche, regresó a su casa con su portafolio de trabajo en una mano,
y uno de aquellos inmensos afiches de la bella mujer en la otra.
Se había pasado días estudiándola en cada uno de sus detalles.
Incluso, volvía del trabajo a pie, para ir descubriendo cada una de las
publicidades, y detenerse para adorarlas un poco más.
Y fue esa vez, cansado de tenerla lejos para cuando estuviera en casa, que arrancó
el afiche de su Chica Mermelada, y salió corriendo hasta guarecerse de
la vergüenza en su casa.
Mientras tanto, en casa, las cosas se habían vuelto cada vez más
densas. O por lo menos Chester así lo sentía. Había cortado
las pocas palabras que tenía con su mujer e hijos, y para pasarse las
24 horas del día soñando con una vida en un paraíso de
restaurantes, viajes, sexo junto al Lago, y besos con su mujer de papel.
Fue cuando su esposa lo atacó.
- Qué mierda es eso que traés ahí?! – le dijo al
verlo llegar con el afiche.
Chester no había reparado en que Griselda podría percatarse del
detalle de la invitada, como tampoco había elaborado ninguna estrategia.
Tan sólo había actuado por instinto.
- La Chica Mermelada. – alcanzó a decir.
Su esposa dejó las ollas que estaba atendiendo, se secó las manos
con el repasador, y reposó en el borde de la mesada aquel inmenso culo
izado en sus caderas.
- Y para qué mierda queremos en casa a una “Chica Mermelada”?...
Para los chicos?
Los niños, a un lado, estaban atrapados por los rayos catódicos
de la televisión, sin escuchar (o simulando no escuchar) una nueva discusión.
- Es para el trabajo. – dijo Chester, serio.
- Ah, sí?! Para el trabajo?! – chilló la mujer - No sabía
que aparte de la construcción de techos, la empresa se dedicaba a la
mermelada…Ahora, por qué no la dejaste en el trabajo, si es que
es del trabajo?!
- Porque… porque se podía humedecer… Es que… están
arreglando una filtración…
- Mirá vos que casualidad! – dijo Griselda irónica, y finalmente
se desplegó – “La Chica Mermelada”!!... Hoy llamaron
de la empresa de las mermeladas y me dieron un número de teléfono
de una tal… una tal… Angelina. Decime si tiene algo que ver con
todo esto?!
Chester se paralizó: días atrás, el la oficina, en un ataque
de ansiedad, se había puesto en contacto con la empresa que representaba
su Chica, donde se animó a pedir algún dato de la Mujer de su
vida. Fue cuando le dijeron que eso no podía ser, pero por su atroz insistencia
quedaron en darle una respuesta. Si nunca lo llamarían, todo acabaría
allí, con el afiche de recuerdo que hay ciertas cosas a las que jamás
podría alcanzar. Pero si llamaban, todo recién estaría
comenzando.
- No me respondiste! – dijo su mujer, volviéndolo a la realidad.
– Quién es Angelina y qué hace la foto de esa putita en
casa?
Chester se puso serio.
- No es ninguna “putita”.
- Ah, no? Y qué es?! Quién es?!... Una fantasía para masturbarte
en el baño a escondidas, después de hacérmelo mal en la
cama. Es el escape a todo esto que construimos y del que jamás vas a
aprender a llevarlo adelante?!
Las palabras de su mujer siempre sonaban hirientes e imprudentes. Generalmente
usaba la ironía o el castigo, para enfrentar una situación difícil.
Pero, bueno: Chester tendría que tomarlo con calma. Después de
todo, tenía el teléfono de su chica, a la vez que comenzaba a
blanquear su alejamiento.
- Este matrimonio es una farsa. – dijo el hombre de la casa, apoyando
su portafolio y nueva mujer en el suelo. Se acomodó los pantalones y
la señaló. – Hubiese preferido que nos separemos porque
me eras infiel, o porque eras neurótica, o porque eras una mala mujer.
Pero la verdad, quiero que todo esto se acabe, porque los cuatro nos convertimos
en un grupo de simplones… Mirame a mí: traje, portafolio, ropita
planchadita y el trabajo asegurado. Mirá a lo chicos, quemándose
la cabeza todo el día con esos dibujos animados que se repiten todo el
puto día… Y por sobre, mirate a vos Griselda: el tamaño
de tus caderas, el desastre de tus pelos, la forma en que tus brazos empiezan
a colgar, la completa desaparición del maquillaje en tu cara, y esos
malditos guisos de todas las putas noches, que lo único que hacen es
llenarme de pedos y grasa, y hacerme esta barriga de tipo casado…!
Realmente había sido duro. Pero gracias a esa dureza logró su
cometido: por fin se pudo sacar de encima a la molesta y pulgosa familia.
Creyó que siendo lo más sincero posible, más una pequeña
cuota de palabras hirientes, eran suficientes como para no tener que dar más
respuestas de nada, salir del lugar, e internarse en un hotel para al fin hacer
de su vida lo que más le plazca.
Y allí se encontraba, al quinto mes de esta historia, en una podrida
pensión, tirado en la cama. Tenía una gran barba desprolija, usaba
unos ridículos pijamas, bebía de un porrón de cerveza,
y miraba la televisión de a monedas.
Su cuarto, decorado con varios afiches de su Chica Mermelada y mantenido por
unos billetes del seguro de desempleo, lo habían dejado en una clase
de infierno con estética a paraíso.
No más hijos, no más esposa molesta, no más oficina, no
más ropa de trabajo. No más rutina.
Pero, qué pasó con su fantasía?
Si bien había optado por sacarse de encima toda la carga de su vida,
tampoco encontraba el momento justo donde animarse a llevar a cabo el famoso
llamado telefónico.
Tomó un sorbo de cerveza, pegó un eructo y la televisión
se apagó.
- Mierda! – dijo, y se tiró un pedo.
Se le había acabado el crédito y debía depositar otra moneda
de un peso si quería otra hora de Cable.
Se puso de pie lentamente, con la espalda dolorida de tanto descansar, y se
extendió hasta el aparato. Entonces se encontró que sobre el mismo
quedaba una última moneda.
Cuando la tomó, supo que ya era hora: podía elegir seguir viendo
televisión, o tener el valor de salir a la calle, llegar hasta el teléfono
público de la otra cuadra, y llamar al número que daba vueltas
en aquel trozo de papel.
Cuando la voz de La Chica Mermelada surgió por el tubo, Chester supo
que jamás se había equivocado en las decisiones que había
tomado.
Aquel “Hola” de la mujer lo había terminado por conquistar,
y descubrir que entre su belleza y lo dulce de su voz, Angelina era la mujer
perfecta… la mujer definitiva.
- Mi… mi nombre es Chester… Tengo tu teléfono porque lo…
- Pensé que nunca me ibas a llamar. – dijo ella para su sorpresa.
- Es que… tuve que resolver ciertas… ciertas cosas de mi vida. –
como también el temor a que ello lo rechace por completo.
Pero no: su alma gemela lo esperaba tanto como él la había buscado.
- Quiero que vengas a casa… Te necesito… Creí que nunca ibas
a aparecer, y me derrumbé…
- Estoy acá. No te caigas. Dame tu dirección y voy…
Tomó el colectivo, vestido con la única ropa decente que tenía:
aquel viejo traje del trabajo, sin planchar.
Durante el trayecto, las palpitaciones crecieron: no sólo él había
salido en búsqueda de su mujer ideal, sino que ella estaba a la espera
de aquel hombre valiente que rompa la barrera de los miedos de su belleza, se
acerque y la conquiste.
Y pensó, pensó en todo. Las cosas no estaban tan mal después
de todo. En bien la besara, comenzaría a resolver su vida: saldría
adelante, buscaría un buen empleo, un empleo interesante. Saldrían
a cenar, a pasear, a hacer el amor, compartirían la dulce etapa del conocerse,
y jamás permitiría que la rutina, las presiones diarias y la constante
lucha del sobrevivir, supere sus vidas como lo había hecho con la anterior
relación. Esta vez sería serio, directo, actuaría con madurez.
Si bien su familia había tenido que padecer las consecuencias y ser abortada,
ahora usaría la experiencia de la catástrofe para con esta belleza
con la que haría todo de cero.
Empezar de cero, generalmente era mucho más fácil,… y cómodo.
Llegó a la puerta de su casa, tocó timbre y aguardó.
Un extraño sonido surgió de la distancia y se detuvo del otro
lado de la madera que los separaba. Eran algo así como pasos lentos,
movimientos de arrastre. Una respiración profunda, y un hilo de hedor
que pareció salir por debajo de la puerta.
Finalmente se oyeron las llaves, y puerta se abrió. Chester regaló
su mejor sonrisa.
Y fue allí, entre las penumbras de una casa completamente a oscuras,
que se encontró con La famosa Chica Mermelada.
Pero, había un detalle que no cuadraba, un gran detalle: la mujer que
había abierto la puerta era una inmensa obesa de carnes colgantes, que
pesaba alrededor de 200 kilos. Sus estrías parecían los dibujos
de ríos en un mapa, y la piel se había estirado a tal punto que
comenzaba a hacerse transparente. El pelo estaba suelto, cubriendo el rostro,
y aquella cosa amorfa se mantenía en pie gracias a dos muletas reforzadas
en acero.
Entre toda aquella inmensa bola desprolija, sucia y transpirada, había
un detalle que le hacía recordar la imagen de la fantasía por
la que había cambiado su vida: aquellos hermosos ojos felinos ocultos
en un par de pómulos saturados de grasa y sudor.
- Hola. – dijo ella, con una triste sonrisa, bajando la cabeza tal como
un perro temeroso.
- Ho… - alcanzó a decir él.
“Qué pasó con La Chica Mermelada?” fue la pregunta
que se le cruzó por la cabeza. Qué fue lo que pasó con
aquella belleza, con aquel sueño, con aquella escultural mujer.
Y la respuesta llegó por parte de la única persona que la podía
dar: ella.
- Tanta belleza para que nadie tenga el valor de acercarse a hablarme…
Cuando me enteré por la empresa que alguien andaba buscándome,
tan sólo me quedé a esperar… a esperar días y días,
con los miedos que nunca aparecieras, imaginando cómo sería tu
cara, cuáles serían tus palabras…
La Chica Mermelada había pasado la dulce espera devorando las ganancias
que le había dado la publicidad, y olvidó sus dietas, olvidó
cuidarse, olvidó quién era.
Fue así que se hundió en la cama y con tv, y se despidió
de la vida, apostando su destino a la llegada del príncipe azul.
Y cuando el momento llegó, no hubo palabras que decirse. Por un lado,
un Chester destrozado ante el adefesio. Por otro, ella ante aquel mísero
hombre roñoso. E inmediatamente ambos supieron que no estaban unidos
por ser almas gemelas, sino por la destrucción, y por la comodidad de
creer que ciertas cosas de la vida tan sólo se resuelven con una fantasía.
Cuando se miraron el uno al otro, en silencio, descubrieron cómo deshicieron
el pasado a cambio de un presente que inevitablemente llegaría deshecho.
Sin embargo, y más allá de no poder creerlo, Chester le encontró
una moraleja al asunto: la destrucción personal siempre es en cadena.
Y supo que si realmente la amaba, debía retirarse cargando las culpas
de todo. Pero, realmente le quedaban fuerzas, le quedaban ganas de seguir adelante?
El horizonte se veía negro, y de alguna forma extrañó la
comodidad de casa. De todas formas, ya no se permitiría volver a soñar
con nada.