Una charla sobre “simulacro y realidad politica” Las
ficciones verdaderas de un genio llamado Philip K. Dick
Pablo Capanna, Luis Pestarini,
Ana María Shua, Carlos Gardini y Marcial Souto debatieron, con la coordinación
de Gabriel Guralnik, sobre la vigencia del escritor estadounidense.
por Silvina Friera
Guralnik y Souto,
protagonistas de un encuentro “dickiano”.
Además
de sospechar sistemáticamente de la realidad en la que viven, sus personajes
no encajan en la sociedad. “¿Qué es lo real? ¿Somos
productos de una estafa?”, preguntó Gabriel Guralnik a Ana María
Shua durante la charla Philip K. Dick: Simulacro y realidad política,
de la que participaron Pablo Capanna, Luis Pestarini, Carlos Gardini y Marcial
Souto. “Lo que me maravilla es la solidez del universo que construye a
partir de la conciencia de sus personajes”, dijo Shua, y recordó
que en El hombre en el castillo el escritor norteamericano sugiere una ucronía
sobre el mundo resultante en el caso de que Alemania y sus aliados hubieran
ganado la Segunda Guerra Mundial. “Hay un personaje que no aparece, pero
se lo nombra, que está escribiendo una novela –agregó la
escritora–. Es un juego de cajas chinas en el que pone en jaque la percepción
de nuestra realidad al plantear si nuestros sueños son más o menos
reales que la vigilia.”
Sobre la vigencia de la obra del escritor norteamericano, Capanna señaló
que “cada día canta mejor” porque el mundo se está
volviendo más dickiano. “Dick empezó a desconfiar de todo,
al punto de que en una conferencia llegó a dudar de que las personas
que lo escuchaban fueran reales o androides”, aseguró el autor
de Idios Cosmos y El sentido de la ciencia ficción, entre otros. Después
de repasar algunos títulos de Dick, como La penúltima verdad (escrita
en 1964), magnífica anticipación de temas como la guerra psicológica,
la manipulación mediática y los abusos de poder, Capanna subrayó
que encontró ficciones dickianas leyendo los diarios. “Los empleados
del Indec gritan que no les creamos, que todo es mentira”, ejemplificó,
sobre los cuestionados índices de medición del organismo. “Estamos
tan acostumbrados a las ficciones que sería mejor leer novelas que leer
los diarios”, ironizó. Shua mencionó la manipulación
informativa en el caso de la Guerra de Malvinas y Capanna remató: “Claro,
íbamos ganando hasta el último momento”.
Gardini confesó que su vínculo con Dick no es tan claro como el
que tuvo con otros escritores. “Entraba y salía de mi vida, quizá
porque con él no se puede tener una relación estable –planteó
el autor de El libro de las voces–. La sensación que me deja su
obra es el título de una de sus novelas, Time pawn, el tiempo fuera de
quicio, desencajado, dislocado.” Gardini leyó un texto en el que
Dick sostenía que creaba universos de tal manera que no se derrumbaran
dos días después porque eso era lo que esperaban sus editores.
“Pero me gustan los universos que se desmoronan. El orden y la estabilidad
no son siempre buenos en la sociedad”. Pestarini, editor de la revista
Cuasar, optó por hablar sobre el tópico de los androides. “La
ciencia ficción los convirtió en meros robots, en herramientas
tecnológicas, pero Dick les dio connotaciones antropológicas y
filosóficas. Para él los androides son simulacros de los hombres”,
explicó el editor. “Lo que plantea Dick es la imposibilidad del
hombre de descubrir la diferencia entre realidad y fantasía y qué
es lo que caracteriza al hombre”, opinó el editor.
A los 14 años, Souto descubrió que había otra manera de
mirar el mundo gracias a la ciencia ficción. “Estudié inglés
para leer la ciencia ficción que no se había traducido”,
precisó el escritor, traductor y editor de la revista Péndulo
y de la colección Minotauro. En una convención de ciencia ficción,
en Estados Unidos, Souto conoció a Dick. “Estaba caminando por
un pasillo del hotel y Dick me preguntó si conocía a Roger Zelazny,
el autor de El señor de la luz, candidato a recibir un premio en esa
convención. Lo estaba buscando para proponerle terminar una novela, Deus
Irae, que no podía terminar porque había tenido un intento de
suicidio y estaba con un tratamiento que lo hacía adormecerse”,
contó Souto. “Dick ha llegado más lejos que la mayoría
–reflexionó el escritor–. Era como los pintores ingenuos:
decía la verdad sin filtros, como los niños y los locos. Dick
y Ballard son dos extremos que permiten comprender el mundo en el que, lamentablemente,
vivimos”.
Publicado el lunes 7 de
Mayo de 2007 en la seccion “Cultura/Espectáculos” del diario
Argentino Pagina/12.